30 de marzo de 2016
Hendijas
cuando camino las miles de formas
que los fantasmas han puesto bajo mis pies.
La clepsidra me dice: "nada en la mente estorba;
conoces los caminos porque ellos te nombran".
Mis nuevas voces amigas se echan a correr.
El río de la montaña es una herida que repta
de condor en condor, de grieta en grieta.
Se divierte al observarnos divagar.
Las gotas se endurecen, vienen y van.
Si juntas son el vino y separadas son el mar,
todas las almas llevan su perfume a sal.
23/9/14
Maximiliano Olivera
Mi prisión del espacio que me sostiene
27 de mayo de 2015
nadie vende nada
Este es el mediodía,
lleno de grises,
glu-glú y bla-blá,
aquello es el otoño
que estalla en perpetuo silencio
y nada más.
Vos tenés pirámides por crear,
y yo acá, aún en mí,
tratándome de escapar
de esta sed por la sal,
de estas difusas luces
que vienen y se van,
de todos esos sueños
que te niegan lo real,
de las tormentas negras
en la maldita consciencia.
tus palabras, tus ojos-humanidad.
los tiempos que se van.
10 de mayo de 2015
La destrucción del hombre
Estos hombres-alfileres cabeza-abajo, cubriéndonos las calles que nos vemos obligados a transitar a diario, saturándonos de reflejos solares fulminantes, mirándonos en la espera de una caída próxima. Sus cuerpos al rojo vivo no se alteran ni con este diluvio enfermo que azota hace siglos. Cada gota enceguecida con lágrimas, regresa a los delicados océanos de los cielos de donde vino. Tontos erizados por la enfermiza necesidad de cazar y sobrevivir. Esperando que la criatura con la vida y suerte más finita aterrice sobre alguno, y así poder devorarle toda sensación. Yo no reconozco a ninguno de esos rostros olvidados por la Muerte. Me escriben en las paredes haikus insulsos, mientras yo les canto que ya no existiría en esta vida encanto si todo lo vuelven real con sus maquinarias interplanetarias. Todos los grandes poetas ya han muerto, olvidados en cavernas, desde ya miles de años. ¿Qué? No hay nadie en la Tierra el cual no esté contaminado por La Nada. Ningún hombre-alfiler es capaz de darse cuenta que ya no existen combinaciones de palabras posibles sin repetir, ahora, e incluso hace ya un siglo, o dos, atrás. Todo fue dicho y hecho. Erradicaron el Instinto cuando la primera bomba estalló. La Tierra, estúpidos, es ya un artefacto anticuado, como todas las grandes rocas de esta galaxia, y todas las demás. ¡Maldita sea! Todos esos tic. Todos esos tac. Me obligan a robar de cada presente una fotografía de colores, sabores y disfraces invertidos, para poder vivir el futuro más soñador y joven. Hoy ya no me quedan de esas ilusiones que una vez he bebido de un agua que supo recorrer un ojo nervioso y sudado. Hoy llegó el día, finalmente. Ese día que nadie nunca temió. Ya no queda misterio vivo. Todo fue descubierto y toda la poesía de las cosas ha sido sobre-explotada. Lo lograron, idiotas, consiguieron hacer real todo lo que milenariamente creímos impalpable, impensable... imposible.
Maximiliano Olivera
5 de mayo de 2015
Abril
Maximiliano Olivera
14 de abril de 2015
No más
a los estertores del pasado?
dando saltos en círculos rabiosos,
dando fuegos por sal,
dando cielos grises
por caridad,
así como oprimidos
por diferentes tristezas,
cansados de nosotros dos.
¿Será lo único que oiremos al caminar
el barro y los charcos-espejos
de páramos de luces inquietas
y sonidos rufianes, de estrellas
cojas
que lo enfrían todo?
¡Quién sabrá qué habrá
bajo el maquillaje horroroso
del ave-serpiente
de tus sueños!
Vos siempre ardiendo
o cayendo
en aguas,
tintas,
aceites
o gritos.
Y nada lava
tu piel,
que cambia
de acuerdo a los astros.
Todos tus cueros negros
que no arden bajo el Sol.
Todos esos que te miran
tal cual sos.
Ojos ciegos de mármol,
todos los segundos de tu mirada
engullen a un bebé gordo
que no deja de sonreir.
Sé, desde acá,
el cuerpo que aún vive,
el alma-humanidad,
el aire azul que exhala el
corazón limpio de pena,
que sé
donde hubieses posicionado al Sol
y a tu sombra,
para que tu rostro muerto
copiara el reflejo del cielo
en el agua.
Yo te conozco bien,
mejor que vos
y que ellos,
los invisibles,
los valientes,
los boludos,
los impúdicos cadáveres.
Sos Nadie ante todos los astros.
Y ellos,
y todos nosotros,
los impíos,
estamos hartos.
Hartos.
Hartos de tu nombre y tu voz.
Hartos de tu madre sauce
y tu padre gorrión.
Hartos de tu mudo corazón
y todas sus pálidas
sangres que se comen
todo el río y sus puertos,
todas las montañas y sus bosques.
Ya no más.
No más cárceles de ceniza y palabras.
No más el silencio de puentes destruidos.
No más tristeza y sus tormentas sin ojos.
No más recuerdos en el craneo,
ni en los pasos que doy
para recoger mi voz
de tu olvido.
Y no más.
17/05/12
Maximiliano Olivera
31 de diciembre de 2014
Duna menguante
y una sonrisa deslizándose por el 7mo "B".
Todas las sonrisas huían, tal vez.
La mía supo mi nombre
y permaneció conmigo,
repitiéndolo una y otra vez.
Sonaba el timbre, y ahí comenzaba: "Bastardo".
Sonaban las sinfonías de los autos por fuera
de la ventana: "Bastado".
Sonaba mi cuerpo de huesos rotos,
destrozados por una suerte
de brisa que todo lo perfumaba
de polvo y muerte,
y sonaba también su canto:
"bastardo, bastardo, bastardo"
Todo el tiempo.
Todo el maldito tiempo sobre mí.
Quizás eso es lo que merecía.
Un poco de ira.
Un poco de sangre en mi boca
y nariz.
Un poco de calle, sal, alcoholes,
smog, chirridos, temblores,
cielo, alba y garua.
Y volver al hogar, para continuar
con la rutinaria tarea de verme llorar,
postrado en mis sueños aún más desvanecidos
que yo, o mi hígado enfermo,
o mi lengua recientemente mordida.
¿Por qué te causa tristeza no saber amar?
No saber en quién o qué pensar.
Si en ese silencio de tu rostro
que no te deja llover sobre tus campos;
si en los líquenes que cubren tus rodillas
que te hacen muecas burlonas, estúpidas;
si en los pibes calcinados por los años
que no dejan de gritar por detrás de los espejos,
mientras abandonan la niñez
y la piel con la que han sido
arrojados a este mundo.
Todo es del cenit y del fin. Todo.
La eternidad es tan solo tu jardín,
una sabana extendida sobre el pasto
y un montón de libros viejos
de hombres que se tejieron a sí mismos
con carnes inconexas,
violando las realidades inequívocas.
Hoy más que nunca,
el Sol sobre la tierra altera toda sombra,
interrumpe el canto de los pies descalzos
con una melodía suya que cubre de hilos el día.
Hay una duna de algodón escondida en su centro.
Desde acá la veo arder,
y reir,
y llover,
y reir,
y llover.
Maximiliano Olivera