11 de agosto de 2014

Un buen día para esconderse

Embelleciendo todo lo mundanamente
olvidado
en la sal que se deposita
en la arena,
con cuentos acerca
de elefantes que aún caminan
por este vetusto mundo,
haciendo círculos inmensos en la tierra
y en los ríos,
yendo sin descanso
hacia donde se reunen
los soles y las jirafas
para morir en el silencio
de las sombras.

En cierta forma,
todos buscamos
lo mismo.

Hoy
solo una estrella es visible
en todo el cielo.

La noche se viste de pájaros y hojas secas,
para recostarse en su cómoda Luna
hasta que el día llegue
y ocupe su lugar.

Voy a esperar con vos.

Maximiliano Olivera

13 de junio de 2014

¡Fuego!

Dentro del ojo de la muchacha lunar caben mil montañas. Ella en el fondo de su alma es un caballo bayo, de tono brilloso, bien cuidado. Su pene siempre erecto a la hora de marchar entre las hembras y los demás machos. Precisamente, ese comportamiento sumiso y nervioso, en extremo, de los de su misma especie, alejó a todo hombre que presencio en carne propia semejante cosa rara. ¿Cabalgar lo infatigable, semental, maldito?
A veces me deja ver dentro suyo, y cada vez que sucede, todo ser vivo que habita en mi interior se licua: cada célula, cada sentimiento, cada noción y pulso.
Dentro del ojo de la muchacha lunar caben mil montañas. Ella es un fuego eterno, y su retina de agua no conoce de treguas ni pactos. Algo en lo profundo de su  pecho abisal late en forma de maremotos.
A veces me deja acompañarla en sus siestas, pero, jamás duermo, simplemente me quedo contemplando lo maravilloso de su rostro al enfrentar el sueño sin armas ni escudos, sin aliados ni enemigos, sin vida ni muerte.

Maximiliano Olivera

1 de junio de 2014

Fiat Lux: A) Fiat Lux

Pájaros blandos por la luz, son como moscas perdidas dentro de una botella de un viejo cristal. Pájaros de un curioso color marrón que solían tapizar una pared que ahora no delata otra cosa más que humedad y abandono. La casa duerme infeliz bajo un silencio negro que apenas es rasgado por ratas huesudas que hacen mínimos ruidos al masticar los restos de lo que alguna vez fue una gorda amapola. En el living, el taburete del piano recostado sobre diarios y revistas irreconocibles. Sobre la chimenea, mirando hacía una ventana rota, un gran cuadro de un paisaje verdoso con hombres sin rostro labrando la tierra, parte del cielo fue devastado por el paso del tiempo y cientos de arañas. El piano está muerto, como todo árbol que es hogar de insectos deseosos de defecar y copular. Un tímido jacaranda atravesó con sus raíces la cocina, dejando al descubierto azulejos celestes, muebles marchitos y cubiertos de plata. Todo el piso fue reemplazado por tierra, arena, polvo y, rara vez, alguna débil planta. Las cortinas se convirtieron en telaraña. Desde el otro lado de las ventanas, en medio del jardín, se ve la intacta estatua de una mujer desnuda sosteniendo un jarro. En el segundo piso, recorriendo un pequeño pasillo, se hallan dos habitaciones y un baño completamente inaccesibles: las tormentas tiraron abajo todo el tejado. Volviendo hacía atrás, el suelo se conservó mejor, a pesar de lo muy podrido que esté apenas se perciben huellas de pequeñas alimañas. Unos minúsculos agujeros en lo que queda del techo dejan pasar algunos rayos y ruidos exteriores, bajo esa misma luz, una importante apertura que nos permite ver que debajo yace un sillón, y, sobre el, fotografías en blanco y negro, entre papeles que perdieron su tinta.

Maximiliano Olivera

23 de abril de 2014

El fondo del océano

Bienvenido al rayo, soñador.
Bienvenido a tu descanso eterno, final.
Bienvenido al parpadeo que te abrirá
la puerta a todos los jardines.

Mi sueño es como una habitación de títeres polvorientos en perpetua quietud.
Mi corazón, un cebo errático.
Mi pecho no me responde. Alguien olvidó sus manos ahí dentro.
Las mías están muertas.
Quizás eran todo lo que tenía, cuando aún tenía la edad para depender de ellas.
Bueno, ahora el mundo no está hecho para ser un pequeño trapo
con una sonrisa desteñida, apenas visible, y un par de ojos sin dirección.
(Que no paran de preguntar cuando me detendré...)

Soy aire que se niega y huye de pulmones,
porque me los han negado al nacer.
"Dos buenas razones para permanecer despiertos
bajo la lluvia despiadada que es el silencio."
Ningún silencio se sienta a esperar
que los días se abran con soles dispersos
para soplar toda alma empapada en Luna.

Nosotros ahora.
Nosotros después.

Quiero irme de acá,
para olvidar la luz que duele porque existe.
Porque duele más quedarse quieto y no desempañar de tristeza
la cajita de cristal en la que nos encerraron desde hace siglos,
donde el viento jamás te mece o nombra, Sol.

Mi sueño es como una sed que me circunde desde que comencé a andar.
Mi madre dice que el otoño volvió para devolverle su color gris a la ciudad.
Me conformaré con tan sólo ver girar sobre remolinos
este grito, mi verdad: ninguna piedra podrá calar un alma inquieta.
(El buche atiborrado de piedad)
Si mis manos rotas hablasen, pedirían más Sol.
Si sólo mis manos bastasen, detendría el péndulo del mediodía
para quedarme dormido en su luz.

Los párpados se caen, pero, antes de que todo se apague,
ellos nos indican de que sueños nunca debemos beber.

Maximiliano Olivera

24 de marzo de 2014

#5

Te podría dar
de nombre lo que llevo escrito en mi codo:
"Enfermizo";
O relajarme y mentirte:
"nada puede salvarnos";
o lavarte con vientos
y cafés
el cuello morado
por la vida agitada
y mezquina que llevás;
o arrepentirme de haber llegado
hasta acá, solo para que la mente me susurre:
"en esta esquina es mejor
ser verdugo que una sombra enclenque";
o, mejor,
despertarte,
confiarte la mano violenta
de la duda,
esa
que destroza rimas somnolientas
con besos
que no saben nada
de omisión o
constancia.
Vamos,
vos diluíte,
que las calles y las tazas
quedaron vacías
por la tormenta.

Maximiliano Olivera

Ahora

Despiadado Sol,
vidrioruido de los nervios vivos.
Los sonidos que fueron despedazados
por los pasados y futuros
que giran alrededor tuyo.
Las batallas del presente
fueron abiertas
como un pecho moribundo
que pide clemencia.
La sal en esta cara que aun recuerdo,
mientras merodeo con pies de demonio
por la ciudad.
La piel de mi rostro,
una arcilla que es atacada
por miles de pajarosdiamantes.
Todo en el mediodía está cayendo:
la gente mala y buena,
el puente al final de la calle,
la risa del niño que no duerme,
el empedrado que hace morir a las palomas,
esas mismas palomas,
la muerte y todos sus perros raquíticos,
el reloj en mi muñeca,
lo que dicen por la radio.
Todo, todo cae,
ahora.

Maximiliano Olivera

9 de diciembre de 2013

Inundación

- Inundación I

Mitad. Saborear nuestra propia boca, ¿alguna muela abuela te dijo que hacer hoy? La podredumbre conoce todas las formas del dolor y la mentira. Se acerca. Cae en el ojo seco del diluvio ya muerto. Alegría de poder palpar los dientes finalmente desenredados. Alrededor de la mugre solo quedan siluetas enfermas que el diluvio liberó de su bolso al morir. Si supiera de que manos bebés esos nombres que llenan tu corazón de narices ñatas, podría ser capaz de traerte una bufanda que desacelere tu sangre y haga de tu frío una risa que borre todo mal. Explosiones. Abrir todo lo nuestro. Todas las nueces, ventanas, agendas, monedas y pianos, para pintarnos el alma con la tinta que guardan en la médula. Una vez que logremos camuflarlo todo, sentémonos a ver como se nos enfría la cena. Sobre la mesa todos nuestros deseos, para que sean oídos.

- Inundación  II

Darse cuenta a tiempo de que cuerdas uno debe tirar, para ahorcar al cordero que sabe hablar.

Cuando se ríe ella sin saberlo deja ver un fragmento de su alma, y eso a uno lo hace pensar, si contárselo o no, porque podría ser esa su razón en este lugar, ¿y para que entorpecer tan hermosa melodía?

Sueña que todos sus sueños se merman hasta que en sus manos solo queda el esqueleto de lo que alguna vez fue ella despierta.

- Inundación  III

Vine a este mundo para beber de los cielos tejidos por fantasmas a los que el polvo y las arañas ya no quieren tocar. Fantasmas que han sido olvidados en los cajones de los cubiertos, ahí, en la cocina, junto al silbido de la pava y los vapores que despiden nuestros cuerpos cuando oímos hablar de ellos, o nosotros. En el fondo tememos eso, reencontrarnos con los cuerpos que hemos enterrado en cada olvido, ahí, donde gobiernan los duendes. Bueno, cada ser que hemos conocido, e incluso aquellos que no, le pertenece a estos y a todos sus hijos, los gatos. Ahí.

- Inundación  IV

¿A nadie se le ocurrió buscar ese acorde perdido en los malheridos inviernos que hay en tu lengua, bosque? Si no te ofende, soltaré algunas de mis cuerdas carroñeras para que puedan comer y beber de tus amigos. Me sorprende tanto que tu silencio no venga a cebarnos mate. No tapes con zorzales al Sol (tu rostro verdadero). No enciendas más primaveras, que ninguna viene para enterrar a los cadáveres de las estaciones frías pasadas. A lo lejos, pilas de minutos masacrados, pilas y pilas, fertilizando el suelo negro de los relojes. Vos siempre hablas de tus amores, viejos y rotos, distantes y malditos, de que la Muerte alguna vez te lloró, de los astros que aún de tu corazón no se han ido, de las arañas que te quieren llevar a Marte, de muchos bebés sonrientes que caen junto con tus lluvias.

Maximiliano Olivera