7 de julio de 2016

(1)

en el centro
en los ciclos
ahí soy
el limo

entre sílabas
y lágrimas

decía.


Maximiliano Olivera

6 de julio de 2016

Calles

Las idas y vueltas del día desordenan todo en mi cabeza, que hasta veo deambular por detrás de mis ojos muchos recuerdos confusos, más inciertos que yo.

Mi memoria es una morgue atiborrada y es un hospital de soldaditos de plástico y es una escuela incendiándose. Es una serpiente maldita que siempre está mudando de piel y yéndose de la ciudad en la que yo me encuentre. Siempre negándome el oído, la mirada y su delicioso veneno.

La memoria es también un reloj al que recurro cuando nadie está hablándome.

Hoy me encuentro en un cuarto atrapado en una calle de baches milenarios y árboles sedientos, en una ciudad eternamente dormida, de gente tibia. Recién llegado de una caminata trivial. Preguntándome por qué soy presa de esas calles por las que no anduve siquiera una vez solo. Y es extraño. Andarlas solo es de verdad extraño. No puedo salir de éstas sin sentir cuánto me han cambiado la vida aquellas manos invisibles que me arrebataron a esos seres queridos que solían acompañarme.

No es por nostalgia ni torpeza ni casualidad que vuelvo a recorrer esos caminos. Algo en el aire me llama y el cuerpo sin preguntarme me lleva. Y no puedo evitar que en mi mente se repitan las caras inexpresivas de esa gentecita que un tiempo atrás transitó esta urbe, enferma de un odio patotero y barato –el odio autentico reside en sus dioses–, incluso a veces pareciera que viven en un eterno estado de alerta, miedo y asco. Se puede apreciar a simple vista en sus pasos, en su manera despreocupada de mirar y murmurar, aunque cuando se encuentran solos, por lo general, no se escucha otra cosa más que el sonido de los autos, trenes y bondis, como si aquella chatarra vehicular tuviese el alma que les falta a estos hombres y mujeres.

No hay mejor cura para una realidad engorrosa que catapultándola de uno a través de la escritura. ¿Será esa la razón primordial por la que escribo o por la que se escribe? Tan solo espero no estar exhalándole helio a una de mis grandes pasiones.

La oscuridad sucumbe, dejándome solo con la mañana, que me espía con su garúa finita desde mi ventana entreabierta. La garúa es sólo una, pienso, cada gotita es para ella lo que para nosotros es una célula de nuestros cuerpos. ¡Carajo! Animal aterrador.

Maximiliano Olivera

26 de junio de 2016

Piba/Pibe

Responder a las miradas que odiás con guiños y risas es tu manera perfecta de impedir que lleguen esos puñales a tu carne. Sin embargo, la gente estúpida te duele, muy en el fondo. Pero más te choca que tu lengua esté sin esas vueltas que la espuma de un alcohol le da. Siempre estás apurada y nunca tenés en claro hacia dónde vas. Una vez, mirándonos, preguntaste: “¿Hay que ir a algún lado?”. Y te reías como una loca, con todos esos dientes aún más locos que vos. Y no dejo de pensar que sería de mi vida sin esa luz que tan furtivamente metiste en mí, y aunque en aquel momento no era capaz de verla por mí mismo, hoy, estando a un año luz de aquellas calles que andábamos, puedo hasta incluso palparla, y eso me basta para poder sonreír. 

Maximiliano Olivera

No decir el mal

Pensarlo para disolver viva la duda. Dar mil vueltas a la manzana hasta que ya no queden fuerzas para maldecir. Transmitir lo que se siente a través de un golpe seco a la pared, y así cambiar de lugar todas las telarañas y grietas, y obligue a las arañas a buscar nuevas manchas de humedad donde vivir.

Quiero que la casa arda como el vino en mi estómago, y que todo lo mío se queme y se olvide, desde mi embustero poeta interno hasta el niño que alguna vez fui. Comenzaré encendiendo una fogata en mi cabeza, que no deja de gruñir al oír reír a la gente.

Hay una fiesta al otro lado de la pared. Me pregunto, ¿habrá algún jodido humano que no esté libre de aquel cosquilleo que nos impulsa a buscar un ombligo en la noche? Bueno, acá estoy, quejándome desde la pluma, mientras por momentos trato de encontrar al mío en cualquier oscuridad que inventa mi mente. ¿Hace cuanto le he perdido el rastro?

Miro el techo. Por primera vez puedo escuchar a las sombras andar, y también hay otros sonidos, se asemejan a botellas chocando contra un montón de dientes. Tal vez si abro la boca vendrán por mí, y no quiero. Cierro los ojos y pienso en todos los campos de girasoles del mundo, imaginándolos uno tras del otro, y no hay nadie ahí, salvo una brisa que lleva un perfume que fecunda la tierra.

Golpean la puerta. Apago las luces. No respiro. No pienso. No miro. Vuelven a golpear. Contengo la respiración. Tercer golpe. Cuarto. Me levanto de mi cama y voy directo al baño como una rata herida. Toc, toc. Vomita todo mi ser. Cuento los arroces que rechacé. Juego con mis dedos con aquella baba graciosa que Dios puso en mí, y que ahora flota en el agua del inodoro. No, no hay rastros en mi panza de aquella cicatriz tan deseada. Al carajo con eso, ya no oigo que toquen. Perfecto. Volveré a la cama, al dormicidio. Mañana ya no estaré.

Maximiliano Olivera

31 de mayo de 2016

Invierno 1972

Nro. 1

Una abeja es una gallina a la que se le han caído sus plumas y el pico. Un tomate es el caracú de una sandía. Aquella vaca sedienta es la hija de este pensamiento de mil años que viene y va en mí, buscando un río que no existe en ningún mapa.

Mis manos no mienten, el invierno llegó a la ciudad. En mi lengua, cientos de edificios en llamas. No veo más que arder la ropa de esa gentecita de ceniza.

Un duende me conduce hacia sueños donde soy la cena de unos gatos de porcelana, y donde los perros son de lata, y la lluvia siempre cae y ellos están ahí, oxidándose en perpetuo silencio. Yo los veo y me entristece no ser uno de ellos.

Una migraña es el llanto de mis adentros. La sangre de una naranja es el esperma de un pececito de colores. Los perfumes que encuentro en las tundras que hay bajo mis uñas no me pertenecen, sólo el Sol es dueño de todo lo que voy reuniendo en mí a medida que vivo y muero. La mantis me piensa más y mejor de lo que yo a ella, cuando me acerco curioso a contemplar su belleza. 

Ésto es el mar: una púa que besa sin pasión a un vinilo de tangos del siglo pasado.

Una mosca ni se inmutó al verme correr cuando sentí los aviones llegar, trayendo las bombas que arrasarían la ciudad. Hay algo en el mundo que quiere que pierda la prisa, pero es más fuerte la ansiedad de no morir como un niño.

Una paloma es un cable que cruza los océanos. La arena de esta orilla es la risa de todas las madres que se han ido y todo el cielo es un arlequín que escupe óxido desde un tajo en una de sus mejillas, tambaleándose en busca de su querida doña Muerte.

Panes que di, hijos que vi nacer, abuelos que me completaron el ser, sopas calientes que fueron buen abrigo, golpizas que sirvieron de lecciones, amistades que erigí, manteles que vi aparecer y desaparecer en reuniones de amigos, mujeres que trastocaron mi mente, libros que fueron diamantes entre mis dedos. Todos ellos en mi memoria, siempre.


Nro. 2

¿Hace cuantos siglos no encontrás la nieve, Vladimir? ¿Qué clase de viejo de mierda podría llevársela en su maletín hacia otro país? A tu alrededor no veo ninguna de las estatuas que tus ancestros nos dejaron para conocerte mejor. Me decís que la nave ha partido, llevándose a todas las niñas más dulces de la aldea, violadas hace tiempo por una duda chata y mezquina. ¿Realmente vale la pena vivir en un mundo macho y marchito? Te desnudás ante el ojo de una luna a la que le avergüenza su propia desnudez.
Bebe de mi leche, criatura. Bebe hasta que olvides tu pena, humano tonto. Contame de todas tus muertes, de todas esas caras sin pieles, quemadas en un segundo de aquello que llamas infierno. En ese instante donde la ceniza y el polvo de los rincones se eleva hacia el cielo para darle inviernos a tus pies.
Joven, tu sonrisa es siempre la de dos hombres que jamás se tocan, por eso nunca creí en ella, ni en vos. ¡Escupí ya el engrudo de las palabras que no vale la pena decir!
Yo pregunto y pregunto, y siempre te ocultás en el silencio de tu ushanka, idiota.


Nro. 3

Hola, ¿siempre tan triste vas por la vida? ¡Ey! ¡Hola, extraña! ¡Que no, no estoy enfermo! ¡Enfermo, enfermo, enfermo! ¿No conocés más palabras que esa? ¿Qué? ¿La única cura para ésto es el suicid…? ¡NO! ¡DETENTE! ¡No repitas más esa palabra, por favor! ¡Y no me silbes así! ¡Tan cerca mío, no! ¡SUICIDIO, SUICIDIO, SUICIDIO! ¡Idiota! ¡NO NO NO! En serio... que me hiere mucho, y más así de cerca. Entonces, ¿era tu mano la que tomó a la mía en la oscuridad? ¿Y por qué estabas ahí? ¿O era tu perro y no el mío al que pateamos aquella noche? ¡IDIOTA! ¡No puede ser posible que vos seas yo! Es completamente absurdo. ¿Y yo, vos? Absurdo. Absurdo. Sí, sí. Imposible. Y no lo olvides. Ey. Ey. Ey, tranquila… no llores. No… basta, que me vas a hacer llorar a mí. Yo sé que es difícil olvidar, pero debemos guardar el secreto. Sí. ¡Ja! ¡Vamos! Aquello que cargás en tu joroba se llama “pesimismo”. ¡PE! ¡PE! ¡PESIMISMO! ¿Eh? ¿Que por qué escondo siempre mi cara cuando vos tocás tu vulva, así como rallando una piedra contra el piso? ¿Y qué si arranco la sombra en mí, eh? ¡Harto de morir en cada puesta de Sol! “Tuya en adióses perennes”, decís. Y yo no quiero tener que buscarte nunca más en el espejo, así como te busqué la otra noche, asustado, sin saber si volvería a verte. Y… ey, mirame. ¿Estás herida? Estás herida. Dormí si querés, pero respirá. Quedate conmigo. Dormí conmigo. Respirá. Res-pi-rá. Res…

29/5/16



Maximiliano Olivera

26 de mayo de 2016

Fe en extraños

Traeme la música que siempre fuiste. Salvame, que la guitarra sólo me habla en su lengua de árbol y ya no produce aquellos sonidos que me hacían tanto bien. Salvame, que por las calles corren vientos nuevos de caras que no se animan a hablarse, y en las plazas los niños ya no se cuentan entre ellos historias de mundos que imaginan. La ciudad está teñida de un rojo óxido que aterra a toda criatura de ternuras puras. En mis pupilas: un montón de hormigón para unas pocas almas oprimidas por una hábil mano de barro y cenizas. 
Nadie bebe, nadie juega, nadie puede acercarse al Sol. Si tu cabeza decidiera volver hacia atrás, comprenderás que todo ha sido removido y reemplazado por montañas de cadáveres fusilados por los sarampiones. ¿Y quién te devolverá el tiempo que te tomó poder erigir aquel humano que veían en vos?
Ésta es la manga de mi camisa, yo me aferraré a la tuya. No olvides jamás el color de las que nos regalamos en aquellos sueños desde el vientre del sol. Hoy nos vemos alejar, mujer. No voy a desistir. Abro los ojos. Te busco en el fuego y en la asfixia, en la cerveza que hincha mi cabeza y emborracha mis demonios, en la cara de una anciana a la que aún el parkinson no le robó los hermosos acordes menores de sus manos blancas y huesudas. Y trato de entender este dolor en mí, ¿en qué se transformó la tinta de mis dedos?
Alrededor de los límites de mi ceguera se extiende el blanco lienzo de los días por llegar. Ni un espejo tuyo ahí. A través de tus ojos de asfixia veo un cielo inmensamente azul, no tan bello como los recuerdos que aún la vida y los años me permiten conservar: mediodías de pasto y mates adormecido entre tus piernas.
Tanta prisa afloja hasta mis dientes, y ahí voy, perdiéndolos a medida que corro hacia vos. Y también los huesos y sus olores, mis ojos y las miradas que encadené en ellos, mis uñas, la sal de mi carne, las tristezas del alma, mi nombre. Mi nombre y no el tuyo.
No lo olvido: todo alguna vez ya fue mencionado: el miedo, el ojo faltante del sol y el hambre que pudre las bocas.
Sé que es un día hermoso y que a pesar de todo, el sol silba. No quiero oír ninguna otra cosa más en lo que dure esta siesta.


Maximiliano Olivera

25 de mayo de 2016

Pronto será lo suficientemente frío

Ella era un rayo de luna y los astros lo sabían mejor que todos nosotros, aunque ellos eran dioses y no niños que intercambian secretos por cigarros y caramelos en una prisión sin patios ni juegos. Sin más remedio tuvimos que contárselo a todo aquel que nos permitiera bebernos el peso de un rayito desnudo en ese delicioso río donde defecan los seres que habitan la cabeza desordenada de un adulto defectuoso. Y, ¿valió la pena aquel embrollo por un poco de orgasmo encefálico y una nariz colorada de tanto alcohol barato? Ay, si todo se olvida a la mañana siguiente. Si la boca se vuelve a secar y todos los músculos vuelven a tierra a reordenarse con el ser, para tocar fibra por fibra la fabulosa sinfonía universal del dolor… ¡para todos los hombres que llevamos presentes! Y me pregunto cuál de todas esas voces que llevo adentro será la que venga a reemplazarme cuando finalmente me harte de tener que escucharlas. Oh, ¿quién será el que me quite de lo que creo "mi vida"? ¡Por el resto de toda esta insignificante existencia! Siempre flotando y deshecho, con un montón de sonidos de lata en el pecho. Divagando. Y ella.... ella era un rayo muy bonito y nosotros el ínfimo hilo de baba de un perro ciego. ¿Valió? ¿Es por esto que se mata y se muere en este mundo? Un disparo de esperma en la oscuridad de una habitación fría y ajena. Y la gente no se detiene casi nunca. Se arrancan su propia cabeza y se arrodillan ante ella, rezándose. Rezándonos, nos dicen. Y nada podemos hacer por ellos. Pero queda algo por hacer por ella, bonita niña-luna, que tan triste se ve. Llamaremos a su abuela para que vuelva con el viento, trayendo con ella semillas de amapolas, y pueda así esparcirlas sobre su rostro blanco. Y realmente no nos interesa saber por cuantas eternidades más debamos quedarnos acá sentados, si es que podemos vernos crecer.

21/5/16


Maximiliano Olivera