26 de septiembre de 2013

Solemnidad, gravedad

Ayer nos despedimos muy tristemente. Te escribo a unas cuantas horas de distancia de esa escena. Todavía siento en mí ese abrazo que nos dimos, porque pienso en vos y se me viene a la mente la manera en que se dio, la fuerza que aplicaron los brazos,  mis ojos cerrados o entreabiertos (como la puerta que segundos después me regaló un ruido en la cabeza... mi cabeza con un cielo lleno de fuegos artificiales que me asustaban), mi cuerpo inmóvil frente a una ciudad de luces y cenizas.
Me desperté triste, con sed, sin haber dormido bien. Te escribo un domingo a las 6:47. Me anima saber que llegué a este día para escribirte esta carta que no es mas que un soplo lleno de amor que te envío, para que me perdones por a veces no saber que decir, por no querer hablar de más (¿lo justo siempre es poco?), por prolongar mas de lo debido ese momento en que uno piensa lo que va a decir, por no haber aprendido de mí.

Maximiliano Olivera

A caminar caminar caminar

Estalactitas en su nariz. Porque el invierno es así de cruel a veces, viene para romper todas las copas que hay en la garganta. Copas vacías, por supuesto. El alcohol bueno se acabó un día, entre charlas sumisas, entre ruedas y estómagos endebles. Ahora alguien de entre el montón de voces caerá hasta a ella con su licor barato, y le dice: "te lavará la sien". ¿Es porque tan sucia está mi mente?, se pregunta ella, sin entender. Se siente sola. Entonces bebe hasta que el mundo se vuelve un rincón en el que no quisiera estar, pero está, y se sienta ahí, quietita, en silencio. Juntando todos los cristales rotos de su garganta, para después regalárselos al Sol.

*

Manchas sobre el mantel que parecen ciudades que ya no aparecen en los mapas, pero, sin embargo, las conozco mejor que la mía. Ciudades muertas de hambre que fueron la enfermedad de los duendes. ¿Llegaremos a sentir algo nuevo, acá, bajo la mirada de pájaros hechos de globos, lamiéndole las tetas a un sentimiento tan insípido como lo es el odio?

**

Ruido de enjambres que simulan ser imanes que rechazan nuestros cuerpos. Alejándonos de la prisa, con prisa. Debés bordar delicadamente mis dientes secos, antes de que despierten y se astillen del terror. Los arranqué de mis brazos. Los arranqué para vos. Dame una de tus resistentes venas para atar a todos los caballos que he traído hasta acá. Una es suficiente. Ellos no saben tirar, al igual que nuestras sonrisas, que ni siquiera saben por qué llorar.

***

Con el cielo en la punta de la nariz. Nadie me ve cuando despierto y me levanto de mis ropas, en la mañana más sórdida, para vestir a cada uno de los niños calcinados que no logran resistir las llamas de mis sueños. Comienzo a derramarme sobre la mesa donde un nuevo diente crece, para masticar cada taza de café que rechacen mis manos.
Es mejor sentarse a ver como se arrastran las grandes ciudades, o como son arrastradas. ¿Destrozando el acelerador, tal vez? ¿Destrozando fechas moribundas que ya son casi polvo? Es muy fácil ser esa clase de persona que se relaja dentro de su suerte y no reconoce nada más que su propia voz, que vende estados de ánimo a los bastardos. Siempre dentro de su suerte. Suerte. Uno se ríe, a veces, de la propia vergüenza. Languidez que estalla. Letras demasiado ocupadas para entender por qué nos llueve la mente y nos gotea sobre los pies helados. Medias rotas que nos trasladan hacia esa ventana donde lo vemos todo de nosotros mismos. Todo. Aun sigo envuelto en las caras sonrojadas de ayer, pintadas con alcohol y golpes que el amor a veces nos da. Ninguna de ellas dice algo sobre mis párpados tristes. Caballerosas deidades que se aproximan a mí para amar a este calor sofocante que hoy muerde mi cuello. Éste silencio en la habitación presagia un día lleno de puertas rechinantes. La única luz del día está dentro de mi cabeza, mis neuronas saben cómo hacés el amor.

****

Pulgar, me darás tu suelo para hacerme rodar en él.
Lamiendo el anzuelo donde pronto seré un animal muerto.
Nadie entiende nada, y solo dicen:
"¿por qué todos querrían romper tu corazón?".
Bueno, acercate y sabrás bien porqué.

Maximiliano Olivera

17 de septiembre de 2013

Calma

Mueble al costado de la boca de otra habitación
que se aleja de nuestros poemas de amores malditos.
Nos encontraremos en los túneles que cavamos hace siglos.
Túneles en los ojos para huir de esto que llamamos ceguera.
Días y noches, preguntándonos: "¿quién y dónde?"
Sabemos cuánto oro y ceniza tendremos que llevar hasta nuestras muertes.
Sabemos que seremos esto y aquello, cuando se vuelva pequeño el corazón
y se asfixie la caricia que busca salvación en rostros distantes.
No olvidar el fuego. Siempre hay un fuego dando vueltas por ahí.
Girando sobre nuestras almohadas, esperándonos al final del sueño.
Madrugadas enteras que fueron traídas por manos encantadoras,
dulces y aterciopeladas, que tal vez vengan a cambiar nuestros días.
Enarbolar cada uno de nuestros dedos por encima del cielo.
Allá en lo alto, no habrá nada más que dos estrellas y un montón de calma.
Calma.

Maximiliano Olivera

¿Acaso robarías mi canción?

Durmiendo siempre. Llorando en todos los sueños que a veces se dan. Lágrimas que llenan a una garganta en la que suelo navegar, es mi balsa, porque yo solo no se nadar. Se va llenando hasta no poder más. Preferiría hundirme en el aire, cayendo como un ave o un deseo cualquiera. Despertando tarde todo el tiempo. La boca arde y tiene el sabor de una moneda. Aún puedo sentir muchas manos ensunciándola.

Maximiliano Olivera

La gran implosión

La tinta flaca que es mi corazón se despereza, naciendo todo el tiempo, como la arena de la que está hecha una mano infinita, de dedos que van por la vida corriendo de un lugar a otro, sin descanso. Sin descanso. Así, como ésta mentira de domingos que hundimos en nuestras muelas para no oírnos a nosotros mismos. Ahora, ya diseminada en nuestra sangre, nos abre senderos que nunca habíamos visto.
La tinta flaca que es mi corazón se recuesta sobre el pasto más verde y lejano, para llorarle a un cielo de luces que hace tiempo han muerto. Solitaria. Taciturna. Es una mancha de luz en la nuca de una sombra. Una partecita de mí que huye dentro de cada llamarada que el silencio escupe como si fuera un Sol. Un Sol que lo es todo en mi mundo.

Maximiliano Olivera

Una gran división entre la risa y el arte del olvido

Fin, fin, fin. Nací producto del celo de dos puntos grises que se unieron para ser otro color. Todo comenzó con unos besos ligeros, porque no hay que dejar de respirar; unas dulces palabras para sustraer enteramente la belleza, que tiende a escapar. Luego unos barrancos más abajo, ya dentro del cristal, el amor arrancó todos los cables que los demás sentimientos a la fuerza metieron en su boca, y se liberó de toda esa basura rosada, secular e impronunciable. Pateó todos los castillos, bosques y montañas que se le cruzaron, y siguió su camino hasta llegar al mar, y sin saber nadar, continuó, donde hizo exactamente lo mismo que en tierra, hasta que el aire se le agotó. Todo lo que quedó atrás sirvió para erigir esta pirámide que ves, que soy. De esas ruinas, muertes y fuego, viene mi sabiduría; del montón de polvo y cenizas, mi voz. Me alivia ser ese resultado que ni siquiera Dios pensó.

*

Mierda, mierda, mierda. Tornado, no me dejés afuera de mi propio sueño. Donde estoy ahora hace tanto frió y calor, y yo no se nunca bajo qué piedras esperar, algunas suspiran y puedo oírlas preparándose para copular. Por favor, aunque sea abrí una ventana, que quiero saber por qué todo muere en tu interior.

**

Gris, gris, gris. El perrito hizo un pozo con sus patas, al que pronto tapó no sin antes esconder celosamente su mensaje a los dioses: "maestro, quisiera no ser más así, tan liquido, tan fractal."

***

Hogar, hogar, hogar. Padre, se que hace meses que no me veías y te pido perdón si te llegué a preocupar, pero, tenés que saber que mientras estuve recorriendo este bello país la pasé muy bien, yendo de un pueblo a otro, conociendo gente muy colorida, paisajes de ensueño, viendo animales que nunca había visto. Y todo el tiempo estabas en mi mente, ¿sabés? Anclado en el medio de un cerro o sobre una barca, sorprendido de la inmensidad, la que nunca los edificios y la neurosis te permitieron una sola probada. Vine para decirte, entre otras cosas, cuanto lo siento. Antes de emprender el viaje hice algunas cosas de las cuales me avergüenzo. Seguro no lo notaste, pero, mientras dormías una de tus siestas, robé tu lengua, la cual me sirvió después para alimentar a un perro que tenía tu misma mirada. Bueno, pensaba que tal vez no la necesitarías más, ya que nunca decías nada. Ahora aligeré un poco tu cuerpo, tu almita te lo va a agradecer más tarde.
También vendí tu pulmón más sano a un joven saxofonista, y tampoco pienso que esto te genere algún mal. Vamos, papá, en tu estado, un par de pulmones vendrían a ser casi como jugar un partido de fútbol con dos arqueros en tu equipo, ya que tu cuerpo con el tiempo se va haciendo, como te lo prometí, más liviano, pero nunca frágil, nunca. Cada vez menos órganos que oxigenar. Aligeré aún más tu cuerpo, tu almita hoy podrá mostrar contenta todos sus dientes.
Además de todo esto que te cuento, hice algo que creerías bueno. Como sé que nunca conociste el mar y te morías por conocerlo, corté con mucho cuidado tus manos y me las llevé. Apenas estuve cerca del océano, me acerqué y acaricié el agua con ellas. ¿Estás un poquito mejor ahora?

Maximiliano Olivera

9 de julio de 2013

Lobos

26 de diciembre de 1993

    Querido diario:
    Hoy conocí una laguna muy bonita, apacible, verdeada. Yo bromeaba todo el tiempo preguntándole al aire del estío: "¿seguro que es un lago y no un espejo de sal y peces?". Bueno, estaba completamente maravillado. Aquello brillaba tanto. El sol estaba clavado como un alfiler en el centro de todo. (¿Y si de verdad era otra cosa, tal vez un huevo gigante partido por la mitad?) Eso era hermosamente mágico. Todos los botes también lo eran. Todas las personas parecían felices y despreocupadas. Algunos tomaban mate, otros tirados en el pasto bebían Sol y palabras. Perros jugando de acá para allá con los niños, que eran más ruidosos que el motor que hace girar al mundo. Y nada de esto entorpecía el encantamiento que yo estaba atravesando. Si la libertad existía, pensaba, de seguro se había bañado en estas aguas. Vi mi escurridizo reflejo al acercarme. Por primera vez no fui caos y dientes.
    Mientras volvía en tren una voz rondó por mi cabeza, voy a transcribir lo que decía lo mejor que pueda:
    "Qué hedor despide el yo y que asco me produce la manera en la que alimentás esos bichos que vos llamás "minutos". Insectos jodidos, eh. Y me sonreís. ¿Sonreís siempre por todo o sólo cuando te pesa la saliva? Che, si te descuidás la vida te va a disparar en la cara otra roncha más, la futura picazón que te anulará el pensamiento. Che, che, che, che. No te detengas en eso. No te rasqués así, tan puerilmente. Te vas a arruinar la sonrisa idiota."
    Es todo por el día de hoy. Hasta la próxima.



***

    Otra vez en casa. Recosté mis cansados abrigos sobre un largo sillón cubierto de aún más y más ropa mía. Fui a la cocina, a beber agua y pensar sobre que escribiría luego. Bebí un poco. Me senté sobre el piso frío. Mientras meditaba, mi sediento estomago se terminó toda una botella de agua. Apoyé la cabeza sobre las rodillas y cerré los ojos un rato, algo así como 5 minutos.  Al abrirlos, levanté la mirada y mamá se acercó hasta mí, abrió mis manos y volcó en ellas una semilla. Antes de que mi susto difuminara su forma espectral, me susurró: "arropala". Esa cosa que me había entregado cayó a un costado mio, junto con mis ganas de cenar. Me levanté como pude. Huí lejos de ahí.
    Una vez fuera de casa, en el jardín. No entendía muy bien la situación. Mi madre estaba muerta. ¿Que carajo estaba pasando?, pensé. Lo peor de todo fue esa puta semilla, parecía real, creí haber sentido algo en mis manos.
    El pasto y los astros eran testigos de mi súbita idiotez. Me sentí profundamente avergonzado de mi reacción ante algo que posiblemente no ocurrió. A lo mejor estaba soñando. Realmente no lo sé.
    Me senté en el pasto, saqué una libreta y una lapicera que llevaba en el pantalón. Escribí:


"La gran cabeza esquelética
de la osa se mueve
de acuerdo al sufrimiento
que siente en su vientre,
rencorosa
elige cuál salmón caerá
en el sueño más profundo,
donde el más desafortunado
ya no será más
un montón de
escamas escurridizas
para transformarse
en un rico vaho."

    Ésto me dejó pensando largo rato. La facilidad en la que con solo una mordida se logra transformar un grasoso pez en un vapor narcótico, que servirá, entre otras cosas, para humedecer los pulmones de la cría que la osa lleva en su vientre. Por supuesto, todos los osos aprovechan esta interesante fuente de grasa que el río provee. Aunque algunos despilfarran gran parte del pescado, simplemente porque, claro, ¡hay tanta deliciosa vida moviéndose por todas partes!
    Ahora, el mal sabor de todo esto me hace pensar en un ratón herido, al que su cola fue arrancada por manos humanas y éstas deciden que hay que desecharlo todo, a excepción de lo que le fue robado al pobre roedor. Porque ahí está la cura. Porque así salvarían a una especie de la que el ratón jamás oyó. Al parecer, el hombre creyó que ese animalito vino al mundo para hacer círculos a lo bobo en una celda que será para siempre su alma blanca.
    Dejando atrás la alucinación estúpida, metí mi cobarde cuerpo adentro de la casa. Necesitaba tranquilizarme, así qué volví hacia la cocina para comprobar si realmente había recibido algo de mi madre, además de un humillante espanto. Y si, ahí estaba. Una extraña semilla de un aún mas extraño color azul. Me quedé paralizado unos minutos. Hasta que sonó el teléfono, lo que me liberó totalmente de la petrificación. Fui hasta la semilla, la levanté y la expulsé de mi vida por la ventana que daba al jardín, como haría cualquier otra persona común, supuse. Atendí el teléfono.
    Sin cenar fui hasta mi habitación. Me acosté en mi cama. 01:47 en el reloj. Me sentía exhausto por el viaje, así que intenté dormir algo. Mis ojos abandonaron la luz del velador, la televisión que escupía las mismas noticias de siempre, y a la Luna, que desde afuera seguramente se meaba de risa de mí.

   ***

17 de abril de 1994


    Albor. Domingo en la ciudad. Siempre es domingo en esta ciudad.
    En el baño, mientras me afeitaba en frente del espejo, se produjo un monólogo interesante, que decía mas o menos así: "Che, pibe, un árbol no es un hijo al que se lo arroja al mundo de igual manera que se lanza una moneda desnuda al aire. Un árbol nunca será ese niño que crece para darle su reconfortante sombra a las pestilentes urbes. Decime, ¿cuántos grandes hombres te dieron un hueco donde poder amarrar tus ríos y verter toda tu asquerosa sed?"
    La pregunta final no tuvo respuesta, al igual que nunca tuvo respuesta algo de todos esos extraños sucesos que viví en el verano del 93.
    Adieu.


***


9 de octubre de 2002
    Querido diario:
    Pocas cosas que contarte, amigo mio. Nuevamente, te pido disculpas por no poder acompañarte en tu viaje a París. No puedo dejar al verano durmiendo solo en casa, ¿sabés? No puedo abandonar todo ese montón de noches donde olimos, oímos y reímos (¡momentos que caben dentro del ojo de un gorrión!). Yo prefiero esperarte acá, del lado de la vereda donde las baldosas aún no me escupen, donde el Sol sostiene todos los brillos que emana Buenos Aires.
    Mi vida no podría ser más feliz, me estoy recuperando de un importante bloqueo de escritor que cargué por poco más de un año. Además de eso, de aquella semilla de la que tanto te hablé, bueno, de ese árbol que salió de ahí. ¡Ese árbol! Con mucha emoción te cuento: el árbol de tinta finalmente dio sombra. ¿Cuántas primaveras estuve anclado a sus pies rogándole a su corazón una mirada que rellene mis papeles en blanco? ¿7? ¿8? No lo sé. Y no me atrevería a despojarlo de su eterno letargo solo para preguntárselo; se ve tan plácido saboreando el culo de la muerte. Cada tanto, cuando puedo, recojo en secreto los frutos que da, que para él son guirnaldas descoloridas que lo avergüenzan.
    Es todo por el día de hoy. Hasta la próxima.





Maximiliano Olivera