13 de febrero de 2017

Av. Díaz Vélez

Vamos a caminar. A llenarnos de rocío como aquel reluciente y solitario caballo de mármol de la plaza en la que estuvimos una vez, ¿te acordás? Aquel que parecía que le había robado la mirada triste a tu vieja, tan silente. ¿No? Entonces lo soñé. Sí, lo soñé. Y yo estaba regordete de celeridad. Y vos tan metida en tu jungla interior, la de tus pelos locos, enredados en tu mirada perdida.

Salgamos, que ya no me banco el encierro y preciso nutrirme de caras toscas y marchitas. Bajemos a Almagro. Bajemos ya. Acá arriba, en el 4to B, no sé bien en qué país estoy. Toda esa música inglesa de los 80 que escuchás me desacelera la razón. Esa cerveza chilena, que me hacés tomar caliente –en caliente-, quiere salir de mí. Que no, que no quiero ir al baño de tu casa, que quiero respirar. Necesito respirar.

Qué piola la vida que hay en estas calles. Qué piolas los monos yendo apurados de acá para allá. Dónde vivo yo es todo lo contrario, y aunque a veces me gusta que sea así, hay otros días en que preferiría cruzarme a alguien como vos en la calle. No hay muchas como vos, sabés.

Qué incómoda la noche, se retuerce como un ratoncito herido de amor.

Esta plaza besa demasiado, húmeda y humanamente bien. Aquel linyera que llora, también besa. El aire besa. Tu gamba chueca besa. Y todos mis chistes y mi risa idiota te hacen reír cuando te besan.

La efímera mosca columpiándose en el hilo del saquito de té. La taza se acurruca en las manos. Que la pena nos cosquillee hoy, no es casualidad. Siento que hay que desandarse más y más. Vamos, vayamos a llenarnos.

En tu sonrisa, el dibujo, los rastros de un océano sosegado. Vas dejando en cada paso miguitas de aquel cadáver de sal que llevás en vos.

No quiero contar las horas del frío en la vereda. Prefiero al rocío en estado post-coito. Subamos, esta noche quiero dormir con vos, y espero que a tu vieja no le moleste el hecho de que haya olvidado en dónde vivo y quién soy, y quién sos. Realmente no me importa tu madre. Sólo no apagues las luces, por favor. Quiero memorizar bien tu cuarto, y llevármelo así, entero, a un sueño en el que el corazón no me olvide.


Maximiliano Olivera

20 de octubre de 2016

(4)

el pensamiento pasa
no sin antes dejar su melodía errante
en cada uno de los sentidos

en tu boca todo llora
cuando renunciás a tus manos

con el sonido de caras colisionando entre sí
se abren las flores
llenitas de avispas prisioneras

las pupilas giran
sus cuellos lentos entorpecen
este agüita que me quiere llevar.


Maximiliano Olivera

Pataditas al aire

el sol de enero pega
el mediodía es el veneno del viajero

camino y me detengo en un pueblito sin nombre

un racimo de niñas sedientas
amontona a unos pibes
muy cerquita mío

otra gente viene desde lejos
tras las piedritas que yo pisé
en busca de la sombra que sabe barnizar

el mundo se detiene por una pelea de perros
las niñas se alejan
los pibes se quedan para reír

vemos como se arrancan pedacitos de carne del hocico
y como estallan los bramidos
y como pululan nuevas caras

ahora el más chico tira pataditas al aire
triste y desesperadamente

está refulgiendo
está molido
está vacío

una doña emerge del tumulto
y detiene el bullicio de un baldazo
de agua enjabonada

muy pocos de los gritos
apuntan hacia adentro
de aquella rojez inmóvil

mi gargantita de cobre cae al suelo
la abulia me toma de una pata en el mejor momento:
la tierra húmeda es lo más grandioso del mundo.


Maximiliano Olivera

19 de octubre de 2016

(3)

la luna en el cabello
dificulta hallar la nieve
en el pie que gruñe

rígidos un instante:
las casas
los soles

vivimos (algo sé).


Maximiliano Olivera

14 de septiembre de 2016

Pelota

Durante una prolongada estadía en la oscuridad total uno olvida su forma, olvida quién fue, olvida sus propósitos, olvida el tiempo, pero no olvida dónde se está. Y sé que fui arrojado otra vez, como en otras oportunidades, a esta especie de cárcel hermética.

Todo se vuelve a repetir: las sensaciones van desvaneciendo progresivamente, dejándome a solas con La Voz: mi compañera temporal. Por desgracia, hay algo que no puede ser arrebatado de uno, y es esa vocecita bulliciosa. A veces quisiera estar a solas, por mucho más tiempo, sin saberme, para no sentir en mí tanta negrura. ¡Me aterra esta nada!

Ansío ver de nuevo esa luz abriéndose ante mí. ¿Cuánto tiempo más faltará? No lo sé. Yo sé que volverá.

Me pregunto cómo era mi cuerpo, y los colores y texturas que contenía. No puedo dejar de preguntármelo. Yo no puedo palparme, estoy completamente inmóvil y los espejos del pensamiento son verdaderamente inexactos, poco confiables. Sólo cabe esperar. Hay tantas cosas del mundo, además, que quiero volver a ver…

En el momento en el que me dispuse a dormir, un objeto irrumpió en mi ridícula calma, para manipularme a su antojo. ¡Cuánto le agradecí el arrancarme de ese estúpido sitio! Realmente, ya no me importaba si lo hacía para devorarme o para arrojarme a las mismas llamas del infierno. Nada podía ser peor que lo que había vivido.

Mientras era conducido por aquel objeto –que la luz, ya entregada a mí, convirtió en un par de manos– pude ver entrecortadamente el azul del cielo. Me reencontré con el aire. Pude respirar. Vi al Sol, esa poderosa gema astral, y sentí cosquillear su calor en mi pelaje y volví a reír. Y reí en todo el trayecto. Era feliz redescubriendo aquel mundo que me habían negado por mucho tiempo. Vi un montón de caras con formas que denotaban felicidad. ¿Es que vienen a presenciar y vitorear mi liberación?

No fue sino hasta el segundo lanzamiento que desee no haber salido nunca de mi celda. En el primero sentí una sensación extraña, mientras me elevaba también se elevaba el dolor, y entonces supe que llevaba entrañas en mí. Y éstas enloquecían más y más en cada golpe de aquellos dos monstruos.

Tercer lanzamiento. Un impacto preciso en el centro de mi cráneo lo apagó todo. Me desvanecí, sin más.

Cuando desperté, ahí estaba, en la recámara de la muerte, la recámara de la nada. Detesté aquellas manos sucias que me llevaron a la muerte, otra vez.

El tiempo pasó y fui olvidando cada vez un poco más. Luego La Voz volvió a mí, e hizo el silencio aún más cruel.


Maximiliano Olivera

1 de septiembre de 2016

Qué

Qué suerte que ya no me pertenece el habla ni yo le pertenezco más a él, ya no podrá adueñarse de mí en cada ausencia de razón ni en cada inconcluso roce de piel.

Qué suerte que olvidé cómo se respiraba, porque la fauna abisal es tan maravillosa e intensa.

Qué suerte que ya no miro, porque ya no queda nada por ver, salvo aquella niebla que se interpone entre mis ojos y las creaciones de las que alguna vez fui fermento.

Qué extrañas las cosas que me obligan a cooperar con la nausea que provoca escribirlo todo en mi mente, una y otra vez, antes de soltarlo en voz alta.


Maximiliano Olivera

Amanece

Amanece cuando cae de mi boca aquel duende que enciende el día.
Amanece cuando los perros se elevan al cielo con tan sólo el batir de sus colas polvorientas.
Amanece cuando el tren llega a la estación trayendo a los vendedores ambulantes que llevan en ellos todo el vaporcito de un pan casero.
Amanece si es que el cana no me escupe al pasar por su lado ni le desea un buen día a mi culo inquieto.
Amanece cuando el rocío termina de baldear los pisos y pulir los árboles y los anteojos de la gente.
Amanece justo cuando el vapor de un mate te hace bostezar hasta la sonrisa.


Maximiliano Olivera