Amanece cuando cae de mi boca aquel duende que enciende el día.
Amanece cuando los perros se elevan al cielo con tan sólo el batir de sus colas polvorientas.
Amanece cuando el tren llega a la estación trayendo a los vendedores ambulantes que llevan en ellos todo el vaporcito de un pan casero.
Amanece si es que el cana no me escupe al pasar por su lado ni le desea un buen día a mi culo inquieto.
Amanece cuando el rocío termina de baldear los pisos y pulir los árboles y los anteojos de la gente.
Amanece justo cuando el vapor de un mate te hace bostezar hasta la sonrisa.
Maximiliano Olivera
1 de septiembre de 2016
2 de agosto de 2016
División terrestre
Loco, no te apurés, que
la eternidad fácilmente se diluye con el sudor. Tu espíritu ya no camina
a tu lado, ¿no es así? Bueno, ¡que eso no importa! Guardá un pajarito negro
en una caja de fósforos y llevá siempre un alfajor en el bolsillo. Apagá la televisión, dejá de ver ya a esos militares tontos que recorren las calles en busca del
río robado. ¡Buscate!
Ya no importa que te
duermas en otros ojos. Tomá un hilo del silencio e intentá transformarlo en
puente. Que te sirva para nunca soltarte del aire y la tierra que amás.
Ya no importa que te
tragues el tiempo con una sonrisa, pensando en todas las canciones que se
desangran esperándote en cualquier garganta idiota. Construí con palabras. Buscá
aquella rima que es tuya. Lo demás es piedra dormida al sol.
Escribí porque la vida
arde y no basta con sentirla en nuestra piel morir.
Escribí con repugnancia
al olor chamuscado de las cosas.
Escribí porque uno debe
rehusarse a ser sólo una llamita extinguiéndose.
Escribí porque el
universo no debe desaparecer
y porque sólo nuestras palabras
pueden perpetuarlo.
Escribí porque la memoria
no deja ceniza alguna
y porque la palabra es
agua.
Maximiliano Olivera
23 de julio de 2016
(2)
a dónde
a la muerte
a lo lejos
a morir
a repeler
a vivir
abierto
abran
ábranlo
acá
acaba
aceptando
acurrucado
adorno que
agitará
ahora
al
alejarse
amanece
amar
amarrar
amor
andando
animales
apartar
aquello
arruina
ascender
así es
así sé
atrás
atravesando
ausencia
automática
bajando
bosque
bravo de
brillantes
brotes
buscando
cae
caer
campana
canto
caramelo
ciego
ciego
ciego
cielo
cierto
círculos
color
colores
columnas
cómo ayer
cómo él
cómo la
cómo mucho
cómo sé
con las
con lo
con lo qué
con sus
creaciones
crujientes
cuándo
cuando vuelva él
cumbres
de
de allí
de cada
de Dios
de la lluvia
de la oscuridad
de las casas
de lo
de los qué
de muerte
de sol
decir
del cielo
del mundo
delimita
demasiado
demasiado
derruido
desintegrado
despertar
despierto en
destello
destruir
detiene
días
dibujos
difuntos
diluidos en
docena de
domingos
echa
eco de
él
el baile
el camino
el cielo
el latido
el mundo
el oído
el pensamiento
el rostro
el sonido
el tejido
el tiempo
ellos
en él
en espiral
en flor
en la laguna
en las
en los
en mí
en mi nuca
en norte
en sur
en sus
energías
escribo
esperando
eternidades
existencia
extraviada
eyacula
fácil
faro de
figuras
finales
fisuras
flores
formas de
fronteras
fuego
guardado
habla
hacia adentro
he pasado
horas sin
horizonte
húmeda
imagen
interior
iridiscente
irnos
juntos
la caída
la cruz
la danza
la lucha
la miseria
la noche
la palabra
la sed
la víscera
la visión
lágrimas
largas de
las manos
las ondas
las ramas
las sombras
llegar
llevar
llorar
llueve
lo caminado
lo escrito
lo insípido que es
lo muy
lo pasado
lo que sé
lo soltado
los hilos
los puntos
luego
madera
mancha-
manos
mantener el
mañana
me deja
me despierta
me hunde
mi corazón-
mirada
mis ideas
mueren
muros
muy
niños
no
no
no es
no hay
no lo sé
no tener qué
noche
nosotros
nota
nube
nuestra
ñata
observa
ocurre
otra
palabra
para él
para mí
para pedir
pendientes
pensamientos
pequeños
persistir en la
piel
por siempre
preñar
primera
prisión
protestar:
punto de quiebre
quedarse
querer
rayo
replicando al
río
ritmo
roto
ruido-
sabor
se abre
se cruza
se cuela
se rompe
se sostiene
se va
segundos-
selva
ser-
signo
sigo
siluetas
sin
sol
sólo
sombras
somos
soy
su
tarde
te espero
todavía
todo ésto
todo quedó
todo
trazo
umbilical
unísono
viejos
venenos en el
vértice del
vientre
vine a
visitar su
voz
y dice:
ya no
ya no está
zorzal.
Maximiliano Olivera
7 de julio de 2016
6 de julio de 2016
Calles
Las idas y vueltas del
día desordenan todo en mi cabeza, que hasta veo deambular por detrás de mis
ojos muchos recuerdos confusos, más inciertos que yo.
Mi memoria es una morgue atiborrada
y es un hospital de soldaditos de plástico y es una escuela incendiándose. Es
una serpiente maldita que siempre está mudando de piel y yéndose de la ciudad en
la que yo me encuentre. Siempre negándome el oído, la mirada y su delicioso
veneno.
La memoria es también un
reloj al que recurro cuando nadie está hablándome.
Hoy me encuentro en un
cuarto atrapado en una calle de baches milenarios y árboles sedientos, en una
ciudad eternamente dormida, de gente tibia. Recién llegado de una caminata
trivial. Preguntándome por qué soy presa de esas calles por las que no anduve
siquiera una vez solo. Y es extraño. Andarlas solo es de verdad extraño. No
puedo salir de éstas sin sentir cuánto me han cambiado la vida aquellas manos
invisibles que me arrebataron a esos seres queridos que solían acompañarme.
No es por nostalgia ni
torpeza ni casualidad que vuelvo a recorrer esos caminos. Algo en el aire me
llama y el cuerpo sin preguntarme me lleva. Y no puedo evitar que en mi mente
se repitan las caras inexpresivas de esa gentecita que un tiempo atrás transitó
esta urbe, enferma de un odio patotero y barato –el odio autentico reside en sus
dioses–, incluso a veces pareciera que viven en un eterno estado de alerta,
miedo y asco. Se puede apreciar a simple vista en sus pasos, en su manera
despreocupada de mirar y murmurar, aunque cuando se encuentran solos, por lo
general, no se escucha otra cosa más que el sonido de los autos, trenes y
bondis, como si aquella chatarra vehicular tuviese el alma que les falta a
estos hombres y mujeres.
No hay mejor cura para
una realidad engorrosa que catapultándola de uno a través de la escritura.
¿Será esa la razón primordial por la que escribo o por la que se escribe? Tan
solo espero no estar exhalándole helio a una de mis grandes pasiones.
La oscuridad sucumbe,
dejándome solo con la mañana, que me espía con su garúa finita desde mi ventana
entreabierta. La garúa es sólo una, pienso, cada gotita es para ella lo que
para nosotros es una célula de nuestros cuerpos. ¡Carajo! Animal aterrador.
Maximiliano Olivera
26 de junio de 2016
Piba/Pibe
Responder a las miradas
que odiás con guiños y risas es tu manera perfecta de impedir que lleguen esos
puñales a tu carne. Sin embargo, la gente estúpida te duele, muy en el fondo.
Pero más te choca que tu lengua esté sin esas vueltas que la espuma de un
alcohol le da. Siempre estás apurada y nunca tenés en claro hacia dónde vas. Una
vez, mirándonos, preguntaste: “¿Hay que ir a algún lado?”. Y te reías como una
loca, con todos esos dientes aún más locos que vos. Y no dejo de pensar que
sería de mi vida sin esa luz que tan furtivamente metiste en mí, y aunque en
aquel momento no era capaz de verla por mí mismo, hoy, estando a un año luz de aquellas calles que andábamos, puedo hasta incluso palparla, y eso me basta para poder sonreír.
Maximiliano Olivera
No decir el mal
Pensarlo para disolver viva
la duda. Dar mil vueltas a la manzana hasta que ya no queden fuerzas para
maldecir. Transmitir lo que se siente a través de un golpe seco a la pared, y
así cambiar de lugar todas las telarañas y grietas, y obligue a las arañas a
buscar nuevas manchas de humedad donde vivir.
Quiero que la casa arda
como el vino en mi estómago, y que todo lo mío se queme y se olvide, desde mi
embustero poeta interno hasta el niño que alguna vez fui. Comenzaré encendiendo
una fogata en mi cabeza, que no deja de gruñir al oír reír a la gente.
Hay una fiesta al otro
lado de la pared. Me pregunto, ¿habrá algún jodido humano que no esté libre de
aquel cosquilleo que nos impulsa a buscar un ombligo en la noche? Bueno, acá
estoy, quejándome desde la pluma, mientras por momentos trato de encontrar al
mío en cualquier oscuridad que inventa mi mente. ¿Hace cuanto le he perdido el
rastro?
Miro el techo. Por
primera vez puedo escuchar a las sombras andar, y también hay otros sonidos, se
asemejan a botellas chocando contra un montón de dientes. Tal vez si abro la
boca vendrán por mí, y no quiero. Cierro los ojos y pienso en todos los campos de girasoles del
mundo, imaginándolos uno tras del otro, y no hay nadie ahí, salvo una brisa que
lleva un perfume que fecunda la tierra.
Golpean la puerta. Apago
las luces. No respiro. No pienso. No miro. Vuelven a golpear. Contengo la
respiración. Tercer golpe. Cuarto. Me levanto de mi cama y voy directo al baño como una rata herida. Toc, toc. Vomita todo mi ser. Cuento los arroces que rechacé. Juego con mis dedos con
aquella baba graciosa que Dios puso en mí, y que ahora flota en el agua del
inodoro. No, no hay rastros en mi panza de aquella cicatriz tan deseada. Al carajo con eso, ya no oigo que toquen. Perfecto. Volveré a la cama, al dormicidio. Mañana ya no estaré.
Maximiliano Olivera
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